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Pentecostés, el envío del Espíritu Santo

Pentecostés, el envío del Espíritu Santo


Ha transcurrido cincuenta días después de haber celebrado la resurrección de Jesús, llega Pentecostés, es la pascua madura que produce su fruto más sabroso: el envío del Espíritu Santo. Es el don que el Señor hace a sus discípulos para que puedan continuar la misión: “Como el Padre me envío a mí, así os envío yo”.

El Espíritu Santo es el don divino que se derrama en los corazones de los fieles, para que, de pecadores convertirlos en templos de la luz y de la gracia divina. Su acción está presente en toda alma santa, pues “nadie puede venir al Padre si no es atraído de lo alto”.

Por ello ,hay una inmensa cadena que parte del mismo Dios y, pasando por Jesús, llega a los apóstoles, a su iglesia haciendo de toda la humanidad sus enviados. ¡Somos enviados de Dios, embajadores del Padre, sus mensajeros, en compañía con Jesús, en la construcción de la nueva humanidad! Por ello es necesario como San Francisco de Asís, que aspiremos sobre todo poseer el Espíritu del Señor y su santa operación, por la oración continúa para ser verdaderos templos del Espíritu Santo.

El Espíritu no se nos da simplemente para “gozarlo”, sino para “compartirlo”, para que toda la humanidad pueda comprenderlo en el lenguaje del amor, que este Pentecostés sea motivo para examinar nuestro espíritu fraterno y misionero; poniendo como espejo al padre Cristóbal, quien en su docilidad al Espíritu Santo fue un fiel mensajero del Padre, por su personalidad atrayente y vigorosa llena de vida, amistad, bondad, libertad, valentía, sencillez paz. Además su personalidad humana enriquece y llega a plenitud en las virtudes evangélicas que traslucen sus obras, que son el fruto bello y valioso de la Gracia de Dios en él y desde su humilde disponibilidad; por ello hoy sigue entusiasmando a muchas personas con los frutos de la Congregación que fundó hace 349 años.

Rogamos que el Espíritu Santo abre nuestro corazón a la presencia del Padre, que nos da vida y fuerza para la misión, defiende nuestra fe en los momentos difíciles, tanto personal como comunitariamente; no permitas que nos encerremos en un intimismo espiritual y ábrenos al mandato recibido de Jesús: el amor a los hermanos; suscita el corazón la verdadera comunión de la iglesia, ya que todos hemos recibido el mismo Espíritu. Quien mora en nosotros dándonos testimonio íntimo de que somos hijos de Dios, ayudando nuestra flaqueza, intercediendo por nosotros y enderezando las aspiraciones de la mejor parte de nuestro ser (Rm 8,19-26,27).