IV Domingo de Adviento: Cuando Dios pinta girasoles en la debilidad
“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38)
Cuarto domingo de Adviento
Soy hermana hospitalaria de Jesús Nazareno Franciscana estoy en mi etapa de formación y mi misión se desarrolla en nuestra residencia de Madrid. En este cuarto domingo de Adviento, cuando María pronuncia su sí confiado —“hágase en mí según tu palabra”—, no puedo dejar de pensar en Conchita, una de nuestras residentes, que cada día nos predica este evangelio sin palabras.
Conchita ha pasado por mucho. Un ictus marcó su vida, dejando secuelas visibles: caídas frecuentes, un cuerpo frágil y una mano deformada que ya no responde como antes. Humanamente, una podría pensar que todo se ha detenido para ella. Pero Conchita no se ha rendido. Con una voluntad admirable, volvió a tomar su andador, con enorme dificultad, paso a paso, caída tras caída, y volvió a caminar. En su debilidad, dijo sí a la vida una vez más.
Y hay algo todavía más extraordinario: con esa mano deformada por el ictus, Conchita pinta. Pinta girasoles. Girasoles llenos de luz, de color, de esperanza. Cada trazo es una confesión silenciosa de fe:
Cuando parece que no se puede, Dios sigue creando belleza.
Algunas noches, después de la cena , paso a visitarla. Es un momento sencillo, breve, pero sagrado. Cuando entro en su habitación, su rostro se ilumina. Me espera. Me sonríe.Y el Adviento toma sentido, para las dos Jesús se hace presente entre nosotras.
Yo me encuentro en etapa de formación. Y puedo decir, sin miedo a equivocarme, que no he recibido mejor escuela que la que me ofrece esta abuela cada día. Conchita me forma con su paciencia, con su ternura, con su manera humilde de aceptar la vida tal como viene. Ella me enseña a decir “hágase” cuando el cuerpo duele, cuando la noche es larga, cuando todo parece cuesta arriba.
En Conchita, el “hágase” no fue una palabra bonita ni fácil. Fue un sí pronunciado con el cuerpo herido, con el miedo a caer, con una mano que ya no responde, pero con el corazón intacto. Como María, no lo entendió todo, no lo controló todo, pero confió. Y en esa confianza silenciosa, Dios siguió haciendo obras grandes: un paso más con el andador, una noche en paz, unos girasoles pintados desde la fragilidad. Allí, donde la vida parece quebrarse, el sí humilde se convierte en esperanza para toda la humanidad.






