El Evangelio según Nuestras Voluntarias... Cuando el Amor Tapa Agujeros
Testimonio desde la cocina del asilo de Manchay
Cuando pienso en nuestras mayores voluntarias, siempre me viene a la mente aquella escena tan nuestra del Beato Cristóbal de Santa Catalina, cuando el puchero tenía un agujero y la sopa se escapaba sin remedio. Nadie sabía qué hacer… hasta que él, con la serenidad de un hombre que confía más en Dios que en las ollas, “tapó” el agujero con sus palabras.
Y lo increíble es que la sopa dejó de salirse.
Hoy, en la cocina del asilo de Manchay, experimento ese mismo milagro, pero encarnado en mujeres concretas: nuestras ancianas voluntarias.
Llegaron buscando un plato de comida… y terminaron evitando que nuestra propia “sopa” se desborde, son Ruht, Ana, Esther, María, etc…no son esos sus nombres pero si son puro evangelio.
Entre ellas está “Barbie”, nuestra anciana estrella, tan delgada y con su ropita bien ceñida, como describe su apodo. Barbie tiene una misión que nadie le pidió, pero que todos esperan, tan silenciosa como fiel. No hace alarde de nada, pero si ella no estuviera sería imposible cortar tal cantidad de verduras, papas y lo mejor de todo. Ella se encarga de poner todos los días el plato en cada sitio, conociendo de ante mano las peculiaridades de cada anciano, de cada anciana… En ese gesto tan simple, Barbie sirve más que comida: sirve dignidad, memoria y cariño.
Nuestras voluntarias/ancianas tapan nuestros agujeros. Esos que nadie ve: la falta de manos, el cansancio, los imprevistos, y como dicen en Perú: ¡el tiempo nos ganaría!
Y lo hacen sin decir una palabra, con la constancia de quien ama en lo pequeño.
Por eso, cada día, mientras las veo, picar verduras o limpiar las mesas, siento que Dios sigue obrando como en tiempos del Padre Cristóbal: Cuando la misión tiene un agujero, Él envía a alguien que lo tape… a veces con palabras santas, y otras con manos ancianas.
Y entonces vuelve a resonar dentro de mí la misma pregunta:
¿Quién necesita realmente a quién?
Si ellas faltaran, nuestra cocina se vaciaría.
Si ellas no estuvieran, nuestros mayores no comerían a su hora.
Y si Dios no las hubiera traído, quizá no habríamos visto este milagro tan cotidiano: que "El amor, cuando se entrega, siempre tapa el agujero".
A todas nuestras voluntarias, presentes en cada obra que las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas sostienen —desde cocinas y comedores, hasta escuelas, hogares, misiones y espacios de acompañamiento espiritual— les damos un agradecimiento inmenso y desde el corazón. En cada una de ustedes, de vosotras reconocemos el mismo espíritu de servicio que movió al Beato Padre Cristóbal y la misma misericordia de Jesús Nazareno. Gracias por vuestra fidelidad silenciosa, por vuestra generosidad que no conoce fronteras y por mantener viva, con sus manos y su amor, la misión que Dios nos confía.






