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Yo soy el pan vivo

Yo soy el pan vivo


Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Jn (6, 44-51)

Celebramos hoy la presencia de Cristo en la Eucaristía bajo las dos especies del pan y del vino.

De los diversos modos de presencia del Señor, el pan y el vino son una presencia desde la perspectiva de la entrega de su vida, es decir, de sacrificio. En las palabras de la consagración el sacerdote no solo dice: “esto es mi cuerpo, entregado” ... “esta es mi sangre, derramada”

Cada vez que celebramos la eucaristía se hace presente entre nosotros el sacrificio de Cristo en la Cruz. La cruz es un hecho histórico ya sucedido, que, como todo hecho ya pasado, solo tenemos acceso a él a través del recuerdo. Sin embargo, la eucaristía no es solo un recuerdo del sacrificio de Cristo, sino su actualización en la Iglesia. Esta actualización es posible porque hoy Cristo está vivo y continúa ofreciendo al Padre el sacrificio de su existencia.

El sacrificio de Cristo tuvo lugar de una vez para siempre: ocurrió durante su vida, su existencia fue una ofrenda al Padre en la aceptación de su voluntad, que terminó con su muerte en la cruz, pero hoy está glorificado y sentado a su derecha. Jesús sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su voluntad. En la eucaristía Cristo hace presente su sacrificio entre nosotros no solo para ofrecer al Padre su sacrificio personal, sino también para incorporarnos a nosotros y a toda la Iglesia a ese sacrificio suyo.

 

El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí”. Jn (6,52-59)